La democracia en la era del algoritmo

La democracia en la era del algoritmo

Por Constanza Maluenda, coordinadora del Programa de Fortalecimiento Democrático del Centro de Estudios del Desarrollo

Columna opinión  fue publicada el  15-09-2026 en Radio U de Chile

Cada 15 de septiembre, el Día Internacional de la Democracia nos invita a reflexionar sobre la vigencia y resguardo de sus principios fundamentales. Las redes sociales que alguna vez fueron concebidas principalmente como espacios de entretenimiento y recreación, hoy en día ocupan un lugar central en nuestra vida cotidiana: trabajamos, emprendemos, nos informamos y difundimos ideas a través de ellas. Su influencia ha trascendido el ámbito privado para convertirse en un componente relevante de la esfera pública.

Muchas personas conocen e interpretan la realidad política a través de plataformas que, mediante sistemas algorítmicos, seleccionan, priorizan y personalizan los contenidos que cada usuario recibe. Por ello, la pregunta ya no es sólo si las redes sociales influyen en la democracia, sino cómo su funcionamiento está transformando las condiciones en que los ciudadanos se informan, forman sus opiniones y participan de la deliberación pública.

El desafío es particularmente relevante porque la democracia necesita pluralidad de opiniones, pero también requiere un mínimo de realidad compartida sobre el cual esas diferencias puedan ser discutidas. Cuando cada persona recibe contenidos e interpretaciones diferentes sobre un mismo hecho, el problema deja de ser solamente la existencia de desinformación: comienza a erosionar el suelo común que hace posible el diálogo, el disenso y, finalmente, la construcción de acuerdos.

El problema, entonces, no radica únicamente en la difusión de información falsa, sino más bien en que la propia arquitectura de las plataformas podría contribuir en la fragmentación de la experiencia informativa de los ciudadanos. En concreto, dos personas que buscan informarse sobre un mismo acontecimiento político pueden encontrarse con contenidos, interpretaciones y énfasis completamente diferentes, la cuales se encuentran determinados en parte por sus interacciones previas y por los sistemas de recomendación de cada plataforma. Así, un mismo hecho puede dar lugar a percepciones de la realidad cada vez más distantes entre sí.

Sin embargo, lo anteriormente señalado, no significa que la personalización del algoritmo de cada persona sea en sí misma, incompatible con la democracia. De hecho, es importante considerar que las redes sociales han ampliado las posibilidades de participación, permitiendo que nuevas voces ingresen al debate público y facilitando el acceso a información que antes en gran medida, se encontraba reservado a los medios tradicionales.

El problema se da cuando la lógica que organiza este espacio público privilegia aquello que genera una interacción mayor, como las conversaciones respecto de la indignación, la confrontación o la reacción inmediata, por sobre aquello que contribuye a una ciudadanía mejor informada.

La democracia se sostiene precisamente sobre la posibilidad de convivir con el desacuerdo, para que ese desacuerdo pueda transformarse en deliberación y, eventualmente, en acuerdos, debe existir un mínimo de hechos compartidos, y si hay una fragmentación absoluta de la realidad puede volver imposible el diálogo. Si discutimos sobre las diferencias respecto de un mismo hecho y comenzamos incluso a discrepar sobre qué ocurrió, la distancia entre las posiciones deja de ser solamente política y pasa a ser también epistemológica.

El problema aparece cuando esta dinámica deja de ser una cuestión de cómo nos informamos y afecta las condiciones mismas según las cuales tomamos nuestras decisiones colectivas. La democracia no tiene como fin que los ciudadanos piensen de la misma forma, sino por el contrario, se considera que el desacuerdo y la diversidad de perspectivas son esenciales.

En la actualidad, el algoritmo no es el único desafío de la democracia, porque se suma la irrupción de la inteligencia artificial generativa, porque ya no sólo se trata de decidir que contenido veremos, sino que estos contenidos podrían estar creados de forma artificial, siendo cada vez más difícil de distinguirlos de los verdaderos.  La aparición de contenidos sintéticos capaces de reproducir imágenes, voces, vídeos y textos con un nivel de realismo cada vez mayor, nos lleva a preguntarnos: ¿qué ocurre cuando ya no podemos confiar plenamente en aquello que vemos o escuchamos en el espacio digital?

El desafío que tiene la democracia no consiste únicamente en evitar que circule información falsa. También debemos preservar la capacidad de distinguir entre evidencia y manipulación de información, especialmente cuando los contenidos pueden ser diseñados para provocar emociones, reforzar prejuicios o influir en las decisiones de los ciudadanos.

En este escenario, la tecnología no debe ser vista como una enemiga de la democracia. El desafío es proteger las condiciones que permiten que dichas opiniones sean informadas y libres, para lo cual el Estado, plataformas y la misma ciudadanía tienen ciertas responsabilidades, como por ejemplo una mayor transparencia respecto de las reglas que determinan qué contenidos vemos, fortalecer espacios y medios capaces de entregar información rigurosa y, al mismo tiempo, desarrollar las herramientas que permitan a las personas evaluar críticamente aquello que consumen y comparten.

La defensa de la democracia en la era digital no consiste, entonces, en eliminar el desacuerdo, sino en evitar que la fragmentación de nuestras experiencias informativas haga imposible encontrarnos en torno a hechos comunes, porque la democracia no requiere que pensemos igual, pero sí necesita que podamos reconocernos como parte de una misma conversación pública.

En una sociedad cada vez más digitalizada, polarizada y con una gran desconfianza en las instituciones, debemos preguntarnos qué tipo de institucionalidad democrática queremos construir para que, aun en tiempos de inteligencia artificial, seamos capaces de informarnos, escucharnos, disentir y, sobre todo, construir juntos un futuro compartido.

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